26 mayo 2016

Amanecedario.


Amanecer. Abrir un ojo; después, el otro.
Bostezar hasta sentir la mandíbula dolorida.
Carraspear intentando encontrar una voz, la nuestra, que sigue dormida.
Desperezarse, tratar de dejar atrás el pegajoso mundo de los sueños.
Estirarse hasta que la sangre circule por cada músculo.
Forcejear con las mantas, que parecen adheridas a nuestra piel.
Gatear hasta el borde de la cama, el abismo de un nuevo día.
Hundir la cabeza bajo la almohada, un fracaso estrepitoso.
Intentarlo una segunda vez. Abrir un ojo; después, el otro…
Juntar la fuerza de voluntad, desperdigada entre los pliegues de las sábanas.
Kilómetro cero, seguimos en el punto de partida: amanecer.
Levantarse, un pie fuera de la cama -mejor el derecho-.
Maniobrar con las zapatillas, cada una en su sitio.
¡No, estaban al revés! Pie izquierdo en zapatilla izquierda. Pie derecho en zapatilla derecha.
Oscilar varias veces hasta conseguir la verticalidad.
Partir de la habitación y enfilar el pasillo.
Quedarse quieto buscando un punto de apoyo en la pared.
Recobrar los sentidos perdidos. ¿Acaso me he vuelto a dormir?
Seguir caminando, sin rumbo aparente, por un pasillo que se alarga a cada paso.
Tropezarse con la alfombra. Cuántos peligros acechan a una mente adormilada.
Ubicada la cocina, procedemos.
Vaso de agua de trago.
¿Whisky? Mejor un café doble. Triple tal vez.
Xantocromía dental, demasiada cafeína, demasiadas mañanas…
Yerma la mente de ideas pero, al fin, también de sueño.
Zambullirse en otro día. Un nuevo día. Un día igual.

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