20 abril 2015

Maletas y mujeres.

El equipaje femenino suele estar sobredimensionado. Un fin de semana abulta como 15 días (y tendríais que ver el volumen de nuestras renuncias). Aunque intentemos reducir, simplificar, quitar y dejar lo indispensable, siempre será muy superior a la valoración de nuestras necesidades que hacen los hombres.


Porque nosotras tenemos prevista cualquier eventualidad y todo tipo de climatología.
Nos vamos unos días a un pueblo de montaña pero, ¿quién puede asegurarnos qué tiempo va a hacer finalmente? En primavera, igual llueve, así que tenemos que meter una gabardina. Aunque lo mismo viene una ola de frío y no hacemos nada con un trench, añadamos prenda de abrigo, bufanda, gorro y guantes.
¿Y si surge una cena de improviso? Entonces, se abre aún más el árbol de posibilidades. No podemos saber de antemano si querremos falda, vestido o pantalón; metemos uno de cada sólo para este caso. ¿Y qué calzado será el apropiado? A ver si vamos a pensar que todo el mundo va en camperas y resulta que allí las tías se arreglan mogollón. ¿Tacón o zapato plano? ¿Botín o sandalia? Ante la duda, sumamos cuatro pares de zapatos, para poder elegir en el momento...

Es que son demasiadas incógnitas. Queremos ir apropiadas, a la par que monas (de guapa sin querer, claro, no dejamos de estar en el campo), y la única certeza con la que contamos es nuestra maleta. Así que toda circunstancia posible, por remota que sea, deja rastro en nuestro equipaje y éste va adquiriendo unas dimensiones desproporcionadas, muy a nuestro pesar.


Ojalá todo fuese más sencillo. Ojalá pudiera hacer como los tíos, una bolsa de reducidas dimensiones y contar con un acompañante que llevase todo lo que yo no he metido.
- Te cojo el champú.
- ¿Dónde está la pasta de dientes?
- ¿Tienes cargador?
- ¿Me dejas la hidratante? Creo que me estoy pelando.
- ¿Has traído el cortaúñas?
- Al final, ¿metiste la protección solar en la maleta? ¿Me pasas un poco?
- No te sobrarán unos calcetines...
- ¿Ibuprofeno?
- ¿No tendrás unas pinzas? Se me ha clavado una astilla.
- El jabón de la cara, ¿es éste?
- ¿Me prestas las tijeras?
- Se me ha olvidado el desodorante, te pillo el tuyo.
- Tengo una picadura, ¿dónde está la crema?

Seguramente, así yo también viajaría más ligera de equipaje. Y podría dejar de devanarme los sesos con todas las cosas que podría llegar a necesitar –y un par de conjuntos más-.


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