Hoy,
que inauguramos diciembre y el calendario de adviento con sus 25 chocolatinas
por comer, no podemos negar la evidencia: las Navidades ya están aquí.
Se
abre la veda.
El
turrón.
Como
dice mi padre, si fuera bueno, se vendería todo el año.
Las
discusiones familiares.
¿Hay
algo más típico que un buen pollo en una reunión familiar? Yo no concibo una
Navidad sin un acalorado “debate” sobre cualquier tema banal que, además, a
nadie le importa. Pero con lo que nos gusta discutir, nos posicionaremos en un
bando al azar e iremos a degüello contra los otros.
Si esto es lo que le da vidilla
a las fiestas.
Envolver
y desenvolver regalos.
Naces
con la balanza claramente a tu favor pero, vas creciendo, y el asunto se va descompensando
hasta la injusticia total; es el sino paterno.
En casa hemos depurado tanto la
técnica del envoltorio que ni el mismísimo Ford pondría objeciones a nuestra
cadena de empaquetado.
Los
polvorones.
Da
igual que no te gusten. No importa que nunca los compres. Aunque regales
cualquier caja que caiga en tus manos, todos los años acabas encontrando un
puto polvorón en tu casa. ¡Son los Houdini de la Navidad!
Las
cenas.
Como
con las comidas que vienen por defecto en 15 días son insuficientes, hay que
ponerse las pilas y organizar muchas más. Con los compañeros del colegio, los
colegas de la universidad, los amigos de ahora, los del trabajo, los del curro
anterior, con los de clases de aerobic, con las de yoga, con los padres de la
parada…
¡Comamos y bebamos hasta reventar!
Las
vacaciones escolares.
Son
unas fechas estupendas, los niños disfrutan mogollón de sus ¡3 SEMANAS DE
VACACIONES! A estas alturas del año, o un ángel gana sus alas haciendo que el
día de asuntos propios que te queda cunda como diez, o los padres veremos el
rostro iluminado por la magia y la ilusión de nuestros hijos por
videoconferencia…
Los
langostinos.
Habría
que hacer un adorno navideño con forma de Rodolfo Langostino, que es mucho más
nuestro que el reno.
Recuerdo
con sudores fríos ese plato de langostinos que acechaba en cada comida, en cada
cena. No sé, en casa de mi abuela, los langostinos congelados no tenían fin.
Tal vez comprase un par de palés porque daban para todas las fiestas y
cumpleaños hasta junio.
También
recuerdo cómo me miraban desde el plato, todos esos pares de ojos negros
ordenados haciendo un decorativo redondel. ¡Qué cosita me daba!
La
gente.
Hordas
de personas en la calle, en las tiendas, en los bares, en la cafetería, en la
ferretería, en el ginecólogo, en el dentista, en la copistería, en el museo, en
el gimnasio, en casa...
¡Joder, esto está petado de peña!
Los
escondites, los susurros y los secretos.
Siempre
estamos a punto de desvelar la gran estafa a uno de nuestros retoños, de que
descubran el alijo, de que encuentren un regalo perdido debajo del sofá, de que
abran el armario de las escobas y vean decenas de rollos de papel de regalo.
La magia de estas fechas debe ser que sigan creyendo después de tantos
incidentes sin explicación lógica.
Pero,
¿qué sería de esta época sin la ansiedad de que nos cacen?
Así
que aprovecharemos el puente para lo inevitable y pondremos los adornos y el
árbol, que nos acompañarán hasta bien entrado febrero (porque da muchísima pereza
montarlo pero quitarlo es muchísimo peor, con la de cosas que me quedan por hacer…).