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09 diciembre 2016

Una fábula.

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Érase una vez una chica, normal, como todas las demás. Era divertida, alta, delgada y muy resultona, lo que le daba una seguridad de la que carecía su entorno, cargado de los típicos complejos veinteañeros.

A la chica le gustaba tener una amiga íntima, una confidente. Así que cuando se acercaba más a una de sus amigas, conseguía que la elegida se sintiera muy especial, con tantas atenciones.
Ejercía estupendamente de mejor amiga y escuchaba todas las confesiones, secretos, deseos y anhelos… Ya se sabe cómo son de intensas las amistades a los veinte.
La chica parecía buena gente; escuchaba, aconsejaba y también contaba algún pequeño secreto: un cotilleo, una noticia de última hora o algo que no debería decir pero que sí compartiría con su nueva mejor amiga porque eso la haría sentirse todavía más especial.

Sin embargo, había una pequeña trampa, todo lo que la chica contaba estaba cargado de intención -mala, por supuesto-. Su mejor amiga del momento no lo sabía, claro, estaba bajo el influjo de su magia, encantada siendo el objeto de sus atenciones y confidencias.
La chica era sibilina, manipulaba tan discretamente que a su amiga le resultaba imposible percibirlo. Le contaba que alguien la había criticado -un mal tremendo en un mundo de inseguridades- pero que ella había salido al rescate, blandiendo su espada de amistad y defendiendo su honor.
Y volvía a ocurrir, una y otra vez, hasta que su amiga pensaba que vivía en un mundo tan hostil que su único apoyo era aquella chica; se sentía tan sola e incomprendida ante semejante avalancha de maldad…
La amistad duraba una temporada y, de repente, la chica se esfumaba. Desaparecía, sin más, dejando a su amiga desconcertada, triste y muy sola. Había cavado una fosa a su alrededor y quemado el único puente al huir de su vida.

Entonces, la chica encontraba una nueva mejor amiga.
Y luego otra.
Y otra más.


El tiempo pasaba, la chica crecía y todas sus ex mejores amigas también.
Se formaron nuevos lazos, se desempolvaron antiguas amistades, se contaron nuevas confidencias, secretos, anhelos y decepciones.
Para sorpresa de todas, la chica siempre resultó ser la decepción común para las que formaron parte de su vida. Hablaron de ello, porque les dolió mucho en su corazón adolescente, y entonces descubrieron la verdad. Todo lo que había contado la chica era una sarta de mentiras.
Entre todas, tiraron de la manta con fuerza, dejando a la chica sin careta. Y lo que vieron fue un personaje grotesco, envidioso, malicioso.

Pero la chica seguía mintiendo, intentando manipular, creyendo en su capacidad para sembrar malentendidos, pensando que su poder sobre las demás permanecía intacto. ¡Pobre ilusa!


La chica no se imagina, o prefiere no hacerlo, que ya nadie la cree.
La chica no piensa en lo ridícula que resulta.
Y la chica mentirosa está sola porque sembrando desconfianza, la tierra se vuelve yerma.
No hay cosecha.
No queda nada.

24 octubre 2016

Mi yo más macarra.

Hay gente, situaciones, que sacan a relucir tu lado más barriobajero. Una versión de ti que perjura, insulta, maldice, hace cortes de manga sin pestañear y no dudaría en romper un botellín de cerveza para dar un toque más dramático a la escena.



Todo comenzó una plácida mañana de sábado de camino a una cervecera. Carretera con curvas, niño que se marea y, claro, hay que parar. Tiras el coche a toda prisa donde buenamente puedes, pendiente de que no vomite dentro, sales a la carrera, le sacas en un nanosegundo y a esperar a que se le pase el blancón al pobrecito.
Cuando parecía que estábamos listos para reanudar el viaje, se acerca una tía de muy malos modos, buscando un poco de gresca de fin de semana.
- ¡Oye! ¡Aquí no se puede aparcar! ¡Esto es una propiedad privada!
- Perdona, he tenido que parar un segundo, que se ha mareado el niño. No podía pararme en el stop que me estaban pitando.
A todo esto, hay que ver la situación: niño color verdoso, madre con cara de agobio máximo. Pero eso no era lo importante, claro…
- Ya, siempre decís lo mismo. No podéis venir a recoger a los niños y aparcar aquí.
- ¡¿Qué? Es que no tengo ni idea de lo que me estás contando.
- Sí, claro… ¡Si vienes siempre aquí a dejar a tu hijo!
Primera vez en mi vida que estoy en ese sitio (al que ni siquiera sabría volver).
- No tengo ni idea de lo que me estás contando. Mi hijo no va a ningún colegio aquí.
- ¡Seguro! ¡Estoy harta! Es que no puedes aparcar aquí cuando quieras.
- Oye, que he parado cinco minutos.
- ¡Menudo morro tienes!
- Mira, te estás equivocando de gordo. No sé de qué me estás hablando.
- Ya, claro, ¡¿pero qué te crees?! ¡Me tenéis harta!
- Oye, tía, que ya te lo he explicado. Déjame en paz que el niño se encuentra mal.
- ¡Si siempre estás aparcando aquí!
- ¡¿Pero qué cojones dices?!
- Pues que aquí no se aparca.
- ¡Vete a la mierda!
Y abro la puerta del coche, no sin antes dedicarle mi anular bien alto.

Pero la tipa no iba a parar tan fácilmente, no en vano contaba con un marido guardaespaldas mientras que yo estaba sola con un niño mareado. Me llevaba un armario empotrado de ventaja así que, vuelta a la carga (y todavía sigo sin meterme en el coche):
- ¡Qué fina eres, chavala!
- ¡Y tú qué subnormal! Te estoy diciendo que mi hijo no se encuentra bien.
- Es que aquí no se puede aparcar, ¡es una propiedad privada!
- ¡Joder, menuda gilipollas!
Ahora sí, arranco, le dedico otro par de cortes de manga sacando el brazo por la ventanilla –todo lo macarra que puedo- y me voy. Me gustaría poder decir que me fui picando rueda, pero no sé hacerlo.


Lo más feo de este asunto –quitando el mal cuerpo que se te queda cuando discutes en esos términos con una desconocida- es que la tía sólo vino porque se sintió más fuerte. Me vio sola con un niño y atacó, la muy zorra.
Hace falta ser muy chunga para crecerte -con un marido al lado- frente a una tía a la que has visto y considerado desprotegida.

¡Menuda gentuza! Estoy por volver allí con un par de maromos bien ciclados para tener otra distendida conversación sobre la propiedad privada.

20 junio 2016

Largas vacaciones.

Este año me voy a tomar vacaciones escolares de blog (las del calendario vacacional estándar, que a mi niño todavía le queda una semana de colegio).

Descansaré un par de meses largos, sin encender el ordenador los domingos y los miércoles a última hora, buscando algo que contar -no he conseguido una despensa de post de la que tirar-.
Me dedicaré a cerrar grietas con masilla. Leeré. Veré pelis. Dejaré que se me haga tarde, aunque sea domingo y no tenga nada en la recámara…

Voy a tomarme unas largas vacaciones, aunque todavía me quede mucho tiempo de oficina por delante. Jugaré a que ya es verano, aunque no haya catado la playa todavía.

Y volveré en septiembre, con la nariz pelada y un montón de pecas.


Foto de @peparenal

06 junio 2016

Resistiendo al emoticono.

Comencé sin bajarme la aplicación en WhatsApp, no recuerdo si por pereza, porque era de pago o porque no tenía espacio disponible para actualizar el IOS de turno. Algo tenía que hacer que no hice y me quedé sin emoticonos.
Y utilizando únicamente el lenguaje en un mundo de caritas amarillas, yo sobreviví.
¡Alucinante!



Y así he seguido durante estos años. Nunca los he echado en falta.
Ha pasado de ser un reto personal –podría decir que me motivan los retos absurdos que no llevan a ninguna parte- a formar parte de mí. Me comunico con palabras completas, sin abreviaturas y con tildes; pongo comas, puntos, incluso punto y coma -así de cursi soy-. La única licencia que me concedo es pasar del signo de interrogación o exclamación de apertura cuando chateo, pero me crea cargo de conciencia, no vaya a ser que a la RAE le dé por quitarlos por eso de adaptarse a las nuevas formas de comunicación… Y llevo fatal los cambios ortográficos y gramaticales de la RAE (no tengo superado sólo y me cae el éste sin tilde, ¡un drama!).


Creo que somos capaces de transmitir y entender la sorpresa, la ironía, la pena, el susto, la risa o la vergüenza sin un emoticono aclaratorio.
Un “Me parto” resulta igual de sugerente que una carita muerta de risa; claro que ésta puede repetirse 10 veces seguidas mientras que yo nunca escribiré “Me parto, me parto, me parto, me parto, me parto”. Entiendo que con una vez ha quedado confirmado que sí me hace gracia.
Tampoco considero necesario aclarar un vacile utilizando el pertinente guiño o guiño-lengua-sacada. O soy capaz de escribirlo para que entiendas que estoy de coña o puede que, tal vez, sea inapropiado; a ver si ahora las caras amarillas lo van a solucionar todo… Si el chiste ha sido hiriente, no creo que se haya creado todavía el emoji capaz de deshacer el entuerto, ya puedes poner besos y corazones a granel que, cuando pinchas hueso, duele…
Es tan fácil que cualquier anécdota resulte sorprendente a la par que espeluznante pero con un toque de humor, la versión de El grito está en todas partes. Yo utilizaría un “¡No me puedo creer!”, un “¿En serio?” o un “¡¿Pero qué me dices?!” dependiendo de las circunstancias. Puede ser que me quede corta y no consiga hacer llegar a mi interlocutor ese matiz de espanto pero qué se le va hacer, es un mensaje de mierda, tampoco nos vamos a poner tan quisquillosos.
No podré ruborizarme ni poner cara de pena.
Tampoco cerraré mis frases con una flamenca.
Nunca enviaré corazones rosas.
Sólo te aseguro que me comprenderás y, ¿no se trata de comunicarse?


Así que seguiré atrincherada en la palabra, resistiéndome ferozmente al emoticono. Porque para mí es importante, aunque no tenga ni idea de por qué…


02 junio 2016

26 mayo 2016

Amanecedario.


Amanecer. Abrir un ojo; después, el otro.
Bostezar hasta sentir la mandíbula dolorida.
Carraspear intentando encontrar una voz, la nuestra, que sigue dormida.
Desperezarse, tratar de dejar atrás el pegajoso mundo de los sueños.
Estirarse hasta que la sangre circule por cada músculo.
Forcejear con las mantas, que parecen adheridas a nuestra piel.
Gatear hasta el borde de la cama, el abismo de un nuevo día.
Hundir la cabeza bajo la almohada, un fracaso estrepitoso.
Intentarlo una segunda vez. Abrir un ojo; después, el otro…
Juntar la fuerza de voluntad, desperdigada entre los pliegues de las sábanas.
Kilómetro cero, seguimos en el punto de partida: amanecer.
Levantarse, un pie fuera de la cama -mejor el derecho-.
Maniobrar con las zapatillas, cada una en su sitio.
¡No, estaban al revés! Pie izquierdo en zapatilla izquierda. Pie derecho en zapatilla derecha.
Oscilar varias veces hasta conseguir la verticalidad.
Partir de la habitación y enfilar el pasillo.
Quedarse quieto buscando un punto de apoyo en la pared.
Recobrar los sentidos perdidos. ¿Acaso me he vuelto a dormir?
Seguir caminando, sin rumbo aparente, por un pasillo que se alarga a cada paso.
Tropezarse con la alfombra. Cuántos peligros acechan a una mente adormilada.
Ubicada la cocina, procedemos.
Vaso de agua de trago.
¿Whisky? Mejor un café doble. Triple tal vez.
Xantocromía dental, demasiada cafeína, demasiadas mañanas…
Yerma la mente de ideas pero, al fin, también de sueño.
Zambullirse en otro día. Un nuevo día. Un día igual.

19 mayo 2016

Por qué leo.


Leo para evadirme.
Leo porque disfruto.
Leo como premio.
Leo para conciliar el sueño.
Leo porque me lo pide el cuerpo.
Leo incluso agotada.
Leo porque lo he visto siempre en casa.
Leo para no pensar.
Leo como una yonqui.
Leo para no perder el hábito.
Leo porque me divierto.
Leo y sé que mañana tendré sueño.
Leo porque no puedo evitarlo.
Leo para relajarme.
Leo porque he conseguido ganarle el pulso al día.
Leo para estar acompañada.
Leo por compulsión.
Leo como rutina.
Leo para saborear el silencio.
Leo como acto reflejo.
Leo aunque sea tardísimo.
Leo para tener una historia a la que volver cada noche.
Leo hasta mucho más tarde de lo que debería.
Leo para recrearme en la paz que reina por fin en casa.
Leo porque me encanta estar enganchada a una novela.
Leo aunque esté perdiendo completamente el hilo de la historia.
Leo incluso con una cerveza de más.
Leo aunque tenga que releer lo mismo al día siguiente porque no me estoy quedando con nada.
Leo sin tener muy claro quién era Silje Harbrujdsten ni qué pintaba en la historia.
Leo bodrios.
Leo cosas mejores.

Pero siempre leo.

14 abril 2016

Parqueando.

La temporada de parque primavera-verano 2016 queda oficialmente inaugurada.


  • Sentarse en el murete a vigilar a la prole.
  • El sol.
  • La cola de los columpios.
  • Traspapelar a un niño.
  • Inventarse juegos para que corra el niño y no la madre.
  • Tardes que pasan volando.
  • Sus heridas de guerra.
  • Cargar con el balón.
  • Que “desaparezca” un coche.
  • Jugar al escondite.
  • Marujear un rato.
  • Que pisen una caca.
  • Cuando llegan a casa reventados.
  • Toparse con abuelas bordes.
  • Un café al aire libre, si te dejan.
  • Que terminen mugrientos.
  • Tardes que se hacen eternas.
  • Cuando se aburren y les mandas a buscar palos.
  • Que dejen de jugar con esos palos tan grandes que se van a sacar un ojo.
  • Verles correr –y cansarse-.
  • Intentar volver a casa.
  • Que caigan rendidos.



07 abril 2016

Las rutinas mañaneras.


Levantarse a las 7:00, muerta de sueño, siempre.

Enfilar el pasillo hacia la cocina, dando tumbos completamente grogui.

Sacar leche de nevera, sacar vaso, atinar con leche dentro de vaso, abrir microondas, meter vaso, cerrar puerta, esperar clin, sacar vaso, echar Nesquik, revolver.
Introducir pan de molde en ranura tostadora, esperar clin, retirar tostada, echar aceite, echar sal.
Desayuno realizado sin incidentes.
Nivel de dificultad culinaria: 0.
Nivel de dificultad manipulando objetos y/o sustancias peligrosos: 0.

Encender televisión. Pulsar 17 (Disney Channel chez moi).

Abrir grifo, meterse en la ducha, champú, frotar, esponja, gel, frotar, cuchilla, cruzar dedos, afeitar, exfoliante, frotar cara, aclarar, agua fría, gritar un poco, más agua fría y salir, al fin, despierta. Parece que la sangre ya ha llegado al cerebro.

El que solía ser pequeño se levanta y, como mamá, sigue sus propias rutinas. Él también necesita su espacio por las mañanas, desayunar tranquilamente viendo dibujos sin que le atosiguen (eso lo dejamos para luego).

Sigo a lo mío, que todavía queda lo peor: maquillar, secar pelo, qué me pongo… Y ya son las 8:00.

El balance de la situación a esta hora es el siguiente:
- Madre vestida sin desayunar.
- Niño desayunado sin vestir.
Disponemos de media hora –más los 12 minutos adicionales para los imprevistos diarios- para salir de casa.

Empiezan los primeros mensajes para conseguir que el tipo que vive en casa se ponga el uniforme y se acicale. Mientras lanzo globos sonda que caen en el desierto de la más terrible de las ignorancias, pelo el kiwi –porque la pieza de fruta siempre termina siendo kiwi-, preparo el café con leche y la tostada.
Avanzo con mi desayuno pero sigo estancada en obediencia infantil.

Como cada día, hay que pasar a la Fase II: montar algo de bulla.
¡¿Todavía no te has quitado el pijama?!
¿Te has lavado la cara?
“¡Venga! ¡Te he dicho tres veces que te cepilles los dientes, hombre!
Y así hasta conseguir un niño completamente vestido.

Como este proceso me ha llevado más de la cuenta –según mis cálculos teóricos, el tiempo real es siempre el mismo-, me lavo los dientes y me pongo los zapatos utilizando el destinado a imprevistos.

Cojo el móvil en un último esprint.
¡Y estamos listos!


Las mañanas están hechas de rutinas y menos mal, no tengo el cuerpo para contratiempos hasta pasadas las 11:00.

25 enero 2016

Equipaje de mano.

Soy buena haciendo maletas. No es una gran virtud -habría elegido cualquier otra de la lista- pero se me da bien.

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Mi destreza es fruto de mucho entrenamiento. Tres años en un internado a dos maletas semanales es un gran rodaje. Si le añadimos un curro de fin de semana en una tienda de ropa durante otro par, el resultado sólo podría ser una gran habilidad maletera.

No sólo consigo doblar y encajar todo perfectamente -rozando unas densidades que Samsonite ni imagina-, sino que voy siempre de lo más surtida. Si viajas conmigo, no necesitarás secador, ibuprofeno, pasta de dientes, cacao, tiritas, desmaquillador de ojos o el cortaúñas, ya he metido de todo en la mía.

Mi mente se pone en modo viaje y hace un repaso completo de las necesidades diarias, añade todo tipo de vicisitudes y un sinfín de combinaciones atmosféricas, resultando un equipaje apto para un frío polar acompañado de fuertes chubascos y rachas de viento huracanado o una inesperada ola de calor. Y todo en un único bulto.


Tengo pendiente desarrollar mi pericia en su faceta de mínimos pero es que la crema hidratante y el secador son tan imprescindibles para mí como unas bragas. Mi capacidad se limita a conseguir que un fin de semana largo quepa en una maleta de cabina, no a reducir unas vacaciones en República a una bolsa de mano.


09 noviembre 2015

El tema estrella: la muerte.

¡Ya ha llegado! ¡La tenemos aquí! Estamos en esa preciosa época de la infancia en la que muerte hace su aparición cada 5 minutos.



El niño ya ha pillado que lo de morirse es un asunto muy turbio. Se está coscando de que es algo irreversible. Intuye que parece irremediable. Y, encima, eso del cielo no termina de convencerlo, si uno no puede volver de allí cuando quiera…


Así que ahora mi vida se divide en momentos en los que hablamos de la muerte y momentos en los que recupero el aliento tras exprimirme la sesera buscando una respuesta tranquilizadora a tan terribles cuestiones.
- Mamá, no quiero que te mueras.
- ¿Por qué la gente se muere?
- No me quiero morir.
- ¿Los abuelos se van a morir?
- No me gusta el cielo.
- ¿Te vas a morir?
- ¡Mira mamá, estoy muerto!
- No quiero que te hagas vieja porque te morirás.
- ¿Si te vas al cielo puedes volver?
- Si se muere toda la gente, ¿el mundo se quedará vacío?
- ¿Cómo vas hasta el cielo si estás muerto?
- Los abuelos son viejos y se van morir.



Demasiada duda existencial, metafísica y religiosa para un niño de cinco años. Y demasiadas preguntas para las que su madre no encuentra respuesta ni consuelo; he llegado a sugerirle el budismo porque “los budistas sí pueden volver del cielo así que tú serás budista si quieres.
Si esto no es una mamá desesperada, que venga Dios y lo vea.


Nota: Las ilustraciones son de hermAna, que es una artista. ¡Gracias!


10 septiembre 2015

Lola.

Mi nombre ha sido una losa toda mi infancia, y más aún en el norte donde triunfaban las Leires, Iratxes, Ainhoas o Amaias. Siempre me ha parecido una cruz tener un nombre extraño, que encima es el alias de uno muchísimo peor: María Dolores, con dos cojones.


Al principio no era muy consciente del asunto pero recuerdo, muy de pequeña, preguntar a los niños que conocía en el parque cómo se llamaban en realidad porque “Yo en realidaz me llamo María Dolores, ¿y tú, Nagore?”, para total desconcierto de la Ainara o Naiara de turno, que no tenían ni la más remota idea de qué narices les estaba contando.

A medida que fui creciendo, empecé a intuir que algo turbio se cocía. Recuerdo con especial frustración la vuelta al cole, ese momento en el que tenía que pedir a cada profesor que, por favor, me llamase Lola en lugar de María Dolores –nombre oficial durante toda mi escolarización y el resto de mi vida-. Y así, año tras año, curso tras curso…

Siendo niña, nunca conocí a ninguna Lola infantil, todas eran abuelas, bisabuelas, tías, tatas o señoras muy viejas emparentadas de algún modo con alguien (además de mi abuela Loluca y mi bisabuela Lola León, que de algún sitio tenía que venir esto).Y eso si tenía suerte y eran personas, mi nombre es de lo más común entre las perras bilbaínas; no habré girado la cabeza veces y visto aparecer un yorkshire desobediente.


Con 10 años, habría dado cualquier cosa por llamarme María.
En la adolescencia, me enfadé muchas veces con mis padres por hacerme semejante faena (las cruces adolescentes son inescrutables).
Con 20, saliendo de fiesta, nadie se creyó nunca que mi nombre no fuese una invención etílica.
Y a los 30, llegó una nueva generación de padres que empezó a llamar a sus hijas Lola, a secas, ni Dolores ni María Dolores. Y resulta que ahora es el 33º nombre más frecuente entre las niñas nacidas en el 2014.


Total, toda una vida pasando penurias con un nombre de vieja para que ahora haya tantas Lolas en Vizcaya como Iratxes, con la fácil que tuvo que ser llamarse así en los 80...


* Todos los datos están publicados en las estadísticas sobre nombres del INE.
** Ahora que sientes curiosidad, puedes enredar por aquí.



09 julio 2015

Ecosistema de estación.

Trabajo junto a la estación de tren, ya me he acostumbrado al ambiente que las rodea. Lo más granado se ve atraído inexorablemente hasta este punto exacto de la ciudad.


  • Tenemos al viejo borracho solitario, con la única compañía de su brick de vino y un montón de bolsas de plástico.
  • Nos encontramos al yonqui, yendo a por el chute, siguiendo una ruta mil veces repetida. Puede que también los vea de vuelta.
  • La pandilla de súper malotes adolescente haciendo pira del insti para fumarse unos porros.
  • Las gitanas cargadas de romero y soltando cumplidos que se convierten en mal de ojo.
  • El loco que grita.
  • Grupos de descarriados en general, dos o tres, acompañándose mientras siguen tocando fondo.
  • Algún indigente acicalándose en la fuente.
  • Perroflautas en todas sus vertientes, incluso sin perro.
  • Gente normal pero bebiendo latas de cerveza un día laborable a mediodía en la entrada trasera de una estación de tren.

Las estaciones de tren son decadentes, tristes, grises.

22 junio 2015

¿Qué haces cuando no haces nada?

  • Dormir hasta que lo pida el cuerpo, sin prisa, sin culpa y con la persiana cerrada a cal y canto -no vaya a ser que la luz me despierte antes de tiempo-.
  • Pasarme horas leyendo, perdiendo la noción del tiempo hasta que toca encender la luz. Y seguir un ratito más, hasta que sea tardísimo y acabe trasnochando de pura enganchada.
  • Remolonear, echando las siestas y cabezadas que mi cuerpo estime oportunas.
  • Ver una película. O dos.
  • Tumbarme en el sofá y evitar la vertical durante toda la jornada. Al final del día, necesitaría el alta médica para ponerme en pie.
  • Fisgar Pinterest y descubrir un montón de cosas bonitas.
  • Echarme unas risas con el ingenio tuitero.
  • Comer cualquier cosa, normalmente con muchas más calorías de las necesarias, siguiendo la ley del amodorramiento y la comida basura. Después de un día así, podría hibernar.
  • Tragarme unos cuantos programas de reformas de casas canadienses –la versión patria da ganas de llorar-. O de subastas, vestidos de boda, jefes infiltrados, restaurantes asquerosos...

PUIG - Somni
Galerie Ariel Sibony

Los días en los que no nos apetece hacer nada pueden resultar de lo más productivos.

18 junio 2015

La gota china.

Es superior a mis fuerzas. Me está consumiendo, desgastando.
Voy sumiéndome en una desesperación espesa y pegajosa.
Un grito lúgubre se ahoga en mi garganta cada mañana.
La rabia se alterna con un profundo abatimiento mientras el tiempo pasa y nada cambia.
Los ojos, doloridos, se esfuerzan por contener unas lágrimas que amenazan con inundarlo todo.
La tristeza gris sigue goteando, colándose por todos los rincones hasta calar el alma.
Resignarse parece una quimera, inalcanzable desde el húmedo y frío abismo del desaliento.


No puedo aceptarlo, me resisto.
Me revuelvo mientras cojo el puto paraguas otro día más.
Me enfado poniéndome la puta gabardina a finales de junio.
Me indigno llegando a casa calada hasta los putos huesos.
Me desespero porque he calculado mal y tengo frío.
Lloro porque confié en ese puto rayo de sol que veía desde la ventana y me he vuelto a mojar.


Y lo que más me desazona es la puta constancia de esta lluvia que no cesa.

¡A ver si escampa ya, coño!