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21 enero 2016

Reenviando que es gerundio.

Existe una muy eficaz fórmula de trabajo que te exime de cualquier responsabilidad presente o futura.
Su sencillez no está reñida sus resultados, por lo que su uso está cada vez más extendido.
Es tan simple como reenviar un e-mail.


Crecen exponencialmente en tu bandeja de entrada.
Se acumulan decenas sin leer.
Por cada correo que abres, llegan 4 nuevos, un dragón inmortal.
Dedicas más tiempo a gestionar el Inbox del Outlook que a currar.
Ahora llamas para avisar de que vas a mandar un mail importante.

Pero es que reenviar es tan sencillo; darle a un botón y deshacerse de un muerto resulta demasiado tentador. Y así andamos todos, reenviando todo a modo informativo, precedido de las clásicas siglas en inglés -FYI- o castellano -PTI-, que queda súper chachi.
Ante la duda, mandárselo al mayor número de personas –véase testigos- posible. Y no te preocupes demasiado por los destinatarios, tienen tantos mails que no se darán cuenta de que eso no tiene nada que ver con ellos.

El caso es deshacerse del mochuelo lo antes posible, marcarlo con importancia alta para crear un mayor impacto visual en los receptores y darle a reenviar. Y el mail irá circulando de buzón en buzón hasta que alguien tenga a bien darse por aludido y decida responder. O que todo el mundo dé por terminada su tarea al reenviar y el tema quede sin resolverse pero lo hayan recibido cientos de personas.
Es el timo piramidal de la vida laboral.


El correo electrónico ha dejado de ser útil, ahora sólo enviamos y recibimos SPAM, aunque lo camuflemos de FYI.



14 septiembre 2015

Looks de oficina (H&M, claro).

Creo firmemente en vestirse ex profeso para ir a trabajar (y me refiero a una oficina, claro, no un estudio o cualquier curro que no requiera código de vestimenta de ninguna clase). Todo podría resumirse en una idea básica: si los tíos llevan traje, nosotras deberíamos arreglarnos en consonancia (o mejor, que hace muchos años que el traje dejó de ser sinónimo de ir bien vestido).


Por supuesto, lo estricto de nuestro atuendo es algo que tendríamos que ser capaces de captar. Se ve, se nota en el ambiente, sólo tienes que fijarte un poco en cómo va tu entorno. A partir de ahí, podrás hacerte una idea de qué es lo más adecuado. Dejando al margen el gusto de tus compañeros, el estilo formal es fácil de intuir, igual que lo es el casual.

Personalmente, me gusta ponerme el buzo de trabajo. Es el comienzo de la jornada laboral y me ayuda a ponerme en modo despacho.

Lo bueno es que, además, se pueden ampliar muchísimo las opciones de tu armario porque puedes utilizar un montón de cosas que no vendrían a cuento un sábado en el parque. Del mismo modo, los vaqueros, las playeras o una sudadera las dejo para el fin de semana. Cada cosa tiene su momento y su lugar.


Y después de tanto divagar, aquí van algunas propuestas -de la mano de H&M, por supuesto- para ir estupenda a la oficina.


















Os dejo los links de todos estos fichajes de H&M.
LOOK 5: Mono. Zapatos. Poncho. Bolso.


08 junio 2015

Ansiado verano.

Cuando la meta vacacional está más cerca que nunca, el tiempo transcurre demasiado despacio. Ya queda menos, está al alcance de la mano, pero el sprint final cuesta tanto... Llevamos todo el año a cuestas y el cansancio ha hecho mella.



El día se hace largo. Y las tardes también. La falta de energía se nota al despertar y nos acompaña durante toda la jornada. Y esto ya no se soluciona acostándose temprano, no es cosa de una noche. Es el agotamiento acumulado, son todos los madrugones del año, todas las prisas por llegar a tiempo, todas las horas de curro, todo el estrés, todas las broncas, llantos y pataletas reclamando su compensación. El cuerpo y la mente se están quedando sin batería y no sé cómo puedo enchufarme a la red.

Suena el despertador demasiado pronto. Vamos a la parada cada vez más apurados de tiempo. Llego a la oficina arrastrada y sólo queda producir el día entero. Además, hay que intentar ser una madre decente hasta que se acueste la criatura. Casi nada.

Sueño con las vacaciones, me imagino despertándome tarde, leyendo en la playa, echando una siesta, tomando unas cervezas en una terraza. Un verano totalmente idealizado pero, en estos momentos, necesito creer. Tener la vista puesta en un futuro mejor para llegar a fin de curso.


Pero bueno, casi está. Sólo un par de meses más.
¡Mierda! Pensaba que faltaba menos, 60 días son un huevo.
Llorar.


26 febrero 2015

Mensajes conciliadores.

Ya sabemos que conciliar trabajo y familia no es nada fácil. Reducimos horario, intensificamos jornadas, vamos corriendo a todas partes rebosantes de culpa. Es una ardua tarea, muy poco apreciada y repleta de sinsabores.


Pero nosotras sí sabemos lo que nos cuesta. Vivimos pendientes del reloj. Rapiñamos cada segundo como si fuese oro, porque si hoy he metido media hora más, me la guardo para cuando los niños estén de vacaciones y así salgo 7 minutos y medio antes de la oficina, cojo el autobús de las 16:57 y puedo estar puntual en la actividad extraescolar de la semana sin colegio.
Así que 10 minutos marcan la diferencia. Supone llegar a la parada o -gran pesadilla- no hacerlo a tiempo y que la criatura tenga que esperar sola. Por supuesto, nos imaginamos el kit del desamparo completo: ningún alma caritativa se ha dado cuenta, llora desconsolado, llueve, arrecia el viento y se ha encendido tres cerillas para entrar en calor mientras imagina una suculenta cena de Navidad. Así somos y así trabajan los remordimientos.

Ese tiempo, que parece no contar, es del que vivimos. Nosotras nos organizamos, si nos dejan, claro. No es necesario tener que recordar que tenemos hijos y responsabilidades fuera del horario laboral. Porque una se lleva un mal rato diciendo que no puede asistir a una reunión a las 18:00, abandonando una videoconferencia porque llega el niño del colegio o asistiendo a una multi a las 7 de la tarde desde casa mientras el niño no para de gritar “¡Mamá!”. No creo que tengamos que pasar por eso y, menos aún, con frecuencia quincenal.

Así que he pensado que voy a dejar que a los demás les resulte imposible obviar lo que no quiero repetir. Me colocaré unas chapas con algunas puntualizaciones y aclaraciones. No es ninguna reivindicación, son únicamente matizaciones para que el entorno deje de hacerse el sueco.


Y, sobre todo, no os preocupéis, que nosotras nos organizamos.




30 octubre 2014

La mala ortografía.

Escribir bien está pasado de moda. Nadie parece prestar demasiada atención a lo que leerá el prójimo. Con lo poco que cuesta esmerarse y lo que se agradece un texto en condiciones.



La ortografía va de mal en peor y resulta sorprendente, considerando que nada está escrito directamente sobre el papel. Toda comunicación se realiza mediante dispositivos electrónicos con la función auto-corrector establecida por defecto. Ésta se dedica exclusivamente a señalar, descaradamente, cada una de nuestras faltas. Y sin embargo, permanecen ahí. Las puedes ver en cada e-mail, mensaje, whatsapp, documento o presentación. Y a nadie parece importarle demasiado. ¿En qué nos estamos convirtiendo? Si nuestros profesores de lengua levantaran la cabeza…

El asunto de las tildes está totalmente desbocado, como si fueran prescindibles. Una norma tonta que se inventaron hace siglos y de la que podemos pasar tranquilamente. Hoy en día, fijarse en esas cosas es de sibarita o de pringado, seguramente de ambos. Qué más dará ponerlas o no, si al final nos entendemos. Llegados a estos extremos de laxitud, sólo nos queda comer con los pies encima de la mesa y masticar con la boca bien abierta.

Además, la RAE no hace más que allanar el camino hacia el analfabetismo. Sus niveles de tolerancia están bajo mínimos. Han llegado a simplificar tanto sus usos que me estoy quedando desfasada con mi ortografía de EGB. Ahora resulta que todas las reglas que tuve que interiorizar durante mi escolarización están rayando el error ortográfico o gramatical. ¡Hasta aquí podíamos llegar! Porque anda que costaba mucho colocar una tilde a sólo de solamente o diferenciar éste -pronombre- de este –adjetivo demostrativo-.

Sin embargo, ni la flexibilidad académica ni la tecnología podrán hacernos todo el trabajo. ¡Oh! El resultado final dependerá, indefectiblemente, de los conocimientos ortográficos del autor. Si la memoria no alcanza a recordar las reglas más básicas, los textos estarán repletos de faltas muy graves. Lo peor, que nunca serán conscientes, tamaña dejadez a la hora de escribir implica que le relectura no forma parte de sus hábitos. Así, nos encontraremos con haber en lugar de a ver, y viceversa; echo y hecho intercambiados; porque, por que y por qué utilizados tan mal que se me saltan las lágrimas.


Y luego está la puntuación. Menospreciada, rebajada, denostada, apaleada, es la gran olvidada. Si no importan las tildes, cómo vamos prestar atención al punto y coma.
Estamos en una situación tan crítica que ni siquiera tienen la categoría de error. Así, cualquier escrito salpicado de comas sin orden ni concierto puede pasar por bueno sin que se mencione el tema. Ya no me atrevo a corregir los fallos de puntuación de un texto porque me miran raro, piensan que soy una petarda maniática. Aunque sea tan flagrante como SUJETO, VERBO. Semejante patada en la boca del estómago de la lengua española (y diría que en la del resto de idiomas) tendría que chirriar a cualquiera que tuviera el graduado escolar. Por eso creo que los concursantes de MYHYV son los escribanos de todos los despachos del país.


Personalmente, paso muchísima vergüenza ajena cuando leo algunos sacrilegios, aún sabiendo que al infractor le viene importando un auténtico carajo. Pero me agobia pensar que, como me descuide, puedo ser yo la que esté enviando semejante mamarracho y que al otro lado se encuentre alguien de mi calaña.



31 marzo 2014

Material de oficina.

Soy una devota de la papelería, fan total. Me encanta. Me apasiona. Me hace ilusión ir al armario del material, creo que con eso lo digo todo...


Por mi mesa, además de una pila infinita y creciente de papeles (que me hace entender un poco la teoría del universo del Sr. Hubble*), pululan grapadora, perforadora, tijeras, regla, celo, cola, post-it de varios tamaños e insuficiente colorido. Como si me dedicase a las manualidades, podría hacer gráficos de papel maché o informes collages.

Tengo el cubilete a reventar de accesorios para escribir, anotar, marcar o subrayar. De todas clases y colores. Cada uno tiene un propósito y los necesito todos. Rotuladores para las cosas importantes y portaminas para lo que es probable que necesite modificar. El rojo para corregir las faltas de ortografía y errores gramaticales o de puntuación. El azul para mis propias dudas al respecto. El verde cuando está revisado y OK. El subrayador amarillo para lo importante. El uso del naranja, el azul, el rosa o el verde fosforito es variable. Al final, tengo tal Cristo de apuntes, colores y marcas que tengo que poner leyenda a mis propias notas para recordar su significado.

Utilizo tanto los Post-it que han dejado de prestar su servicio. Tengo todo anotado en papelitos amarillos pegados por doquier para que no se traspapelen. La pantalla del ordenador, la pared, la agenda, todo está plagado de números de teléfono sin dueño, recados sin fecha y claves de algo. Y como son para apuntar las cosas importantes y/o urgentes, no me atrevo a tirar ninguno así que he reconstruido mi taco de Post-it utilizados. Algún día encontraré el valor para deshacerme de ellos.

Y hay algo que me parece lo máximo del material de oficina: los sellos. Cuando cojo el cestillo con todos noto un cosquilleo de emoción. Entonces tengo que elegir si es copia, borrador o confidencial, abrir la tinta, mojarlo y colocarlo cuidadosamente sobre el papel. Y soy un poco feliz.



Debe de ser una adicción, ¡no tengo suficiente con 5 tonos diferentes de fosforescente! Lo único que me consuela es saber que no estoy sola en esto, mi amiga O. comparte conmigo el vicio. Iremos juntas a terapia.



*Debate familiar por Whatsapp sobre el universo
Yo: ¿De quién es la teoría del universo infinito y creciente? ¿Hawking?
hermAna: Es mía...☺
hermAna: Empezó siendo una partícula microscópica. ¡Quién lo ha visto y quién lo ve!
Papá: De infinito nada. La expansión la formuló por primera vez Hubble.
Yo: ¡¿No es infinito?!
hermAna: Infinito... Lola, eres una cateta...
Papá: Si fuera infinito no se podría expandir.
Yo: De ahí que no la entendiera.
Yo: Entonces, ¿en mi mesa pasa lo de Hubble?
hermAna: Lo de tu mesa está también relacionado con la teoría del caos. O con el síndrome de Diógenes. Eres bastante basurillas y caótica...
Papá: Tu mesa no sé, el universo tiene un radio aprox de 14.000.000.000 años luz.
Mamá: La mesa será en segundos luz.
Hermana: Me voy a estudiar, soy una necia.

13 marzo 2014

Lenguaje de oficina.

Los jefes, compañeros de trabajo, clientes… son esa gente con la que pasas una gran parte de tu vida y que, sin embargo, no has elegido para que formen parte de ella. Tienes que convivir, enseñar, aprender, dar explicaciones y recibirlas pero no puedes vivir ninguna de esas cosas de manera natural. No puedes ser tú, o debe ser tu versión más light; tu yo laboral.


Hay que ser educado, fino, respetuoso, cordial, amable… aunque el camino no siempre sea fácil. Surgen roces, discusiones, momentos de estrés, nervios, presión y cuesta mantener el tipo para no soltar el improperio procedente. Para una persona malhablada como yo, no soltar ningún taco es un trabajo de lo más tedioso. Si pregunto “¡¿Qué coño haces?!”, exclamo “¡De qué cojones vas!” o digo tranquilamente “No tienes ni puta idea.” necesito grandes dosis de autocontrol.
Pero le voy pillando el tranquillo. Poco a poco y a base de meter la pata, estoy dando con un abanico de frases aptas para el entorno profesional.

De las primearas lecciones aprehendidas es que más vale hacerse el tonto a pasarse de listo. Si aplicamos esta regla a una conversación de oficina sería un “Creo que no me estoy explicando bien…” en vez de “¡¿Pero no me entiendes o qué?!”. Siempre queda mejor que la culpa sea del emisor del mensaje, aunque éste piense que su interlocutor no se empana.
Y cuando realmente te sientas imbécil, disimula. Procura que no se note demasiado que no tienes ni puta idea de lo que te están contando, apunta cual taquígrafa todas las palabras que salgan de la boca de tu jefe. Ya le darás sentido a ese asunto del que jamás en tu vida habías oído hablar… Aquí un “OK. Entiendo. Tomo nota.” es mucho más adecuado que el “¡¿Mande?!” que me corroe las entrañas.

Cuando toca discutir, he encontrado la palabra mágica: “Discrepo.” Me parece elegante, directa, respetuosa y contundente. Perfecta para un intercambio de opiniones laboral. Al de enfrente le costará estar a la altura de semejante derroche de educación y desacuerdo.

También hay que saber desenvolverse cuando sobrevuela un marrón y, lo que es peor, se requiere cabeza de turco. Imprescindible un “No me consta.”, “No he sido informado.” o “No me lo han comunicado.”. Todo muy zen, muy chill-out, justo al revés de lo que sientes.

Fundamental mantener la compostura cuando tienes que explicar cómo hacer algo. El primer error que cometemos es creernos súper didácticos, lo más de la enseñanza, Born to teach. Probablemente, nuestra explicación resulte desordenada, errática, carezca de lo básico y esté plagada de obviedades. Teniendo en consideración todo lo anterior, toca valorar por qué el resultado obtenido difiere ostensiblemente del esperado. A lo mejor nosotros tampoco hemos hecho bien nuestro trabajo y hemos transmitido una birria de mensaje. Trato de sembrarme la duda, para no clavarme grapas en la sien de pura impotencia…

Importante ser humilde. A veces, metemos la pata. Toca reconocerlo, disculparse y apechugar “Es cierto, me he equivocado. Lo lamento, no volverá a suceder.”. Es difícil, a nadie le gusta hacer las cosas mal pero es inevitable, forma parte del aprendizaje.

Y no olvidar jamás ser agradecido –que es de bien nacido-. No cuesta nada ser amable, decir “Muchas gracias.”. En un entorno con tanta tendencia a la hostilidad, una palabra afable y una sonrisa ayudan a sobrellevar la jornada. Y motivan mucho.