20 marzo 2014

Una historia y un final.



Érase una vez una chica. Tuvo una infancia y una adolescencia y, como eran otros tiempos, se casó joven. Disfrutó más de su juventud que de su matrimonio y, mientras vivía su libertad fuera del yugo paterno, empezó a conocer la independencia. Esa sensación recién estrenada, de sentirse dueña de su vida, la fue alejando de su esposo. Él se distanciaba también. Y en ese espacio vacío, que se agrandaba cada día, se enamoró. Esta vez sí supo que era amor, del que merece la pena, el sacrificio, y el dolor. Y recorrió el camino plagado de quédirán, de túnosabesloquehaces, de noestáshaciendolocorrecto. Lo anduvo hasta el final, hasta él.

La chica se transformó en mujer y su amante en su marido. Su relación fue una de tantas, con altos y bajos, épocas buenas y rachas horribles pero siempre compañeros, acompañados, dos.
Ella tuvo que pelear, que sobrevivir. Se puso enferma y le quitaron un pecho y luego el otro. Y aunque su vida volvió a su cauce, su autoestima, como su piel, quedó llena de profundas cicatrices.

Pasaron años, décadas, en mutua compañía. Habían creado un hogar y lo habían llenado de amigos, hermanos, sobrinos y perros. El tiempo transcurría apacible para ellos. A veces destellaba el amor de juventud; otras, las crisis de la madurez. Una relación larga, al fin y al cabo...

Las canas lo cubrían todo cuando ella se puso enferma de nuevo; esta vez no había solución. Era el final, él lo sabía y ella sólo podía intuirlo. Quedaban pocos meses y, como era un ser adorable, no le faltaron amor, cuidados o compañía. Sin embargo, algo la inquietaba más allá de su enfermedad. Primero fue sólo una sensación; ella pensó que él tenía miedo. Luego pequeños gestos, ¿por qué su amiga se acicalaba cuando iba a visitarla? Hasta que, ignorantes, se convencieron que desde su cama ella no podría sentir la traición.
Se equivocaron.
Ella sí lo supo.

17 marzo 2014

Primavera de plástico.

Me encanta una casa llena de flores y plantas. Decoran, dan color, un toque femenino –dependiendo de la flor que elijas-, llenan un espacio vacío, alegran rinconcitos sosos de tu casa.

El problema es que no valgo para la jardinería, soy un desastre. Me dedico a matarlas, todas, una detrás de otra. O me olvido de regalarlas y se secan y mueren, o lo hago con demasiado ahínco y las ahogo y mueren. Y una planta mustia es de lo más deprimente.
La solución para la gente como yo, recurrir a lo artificial, al plasticorro. Cada vez están más logradas, son más bonitas y más baratas. Para variar, IKEA cuenta con una amplia selección (y creciendo) de la que he echado mano para decorar mi casa.


Aquí van algunas de sus propuestas en decoración vegetal y floral de mentira.

Plantas: Hierbajo, arbusto o con flores.

Flores silvestres (con o sin maceta)


Para hacer un bonito ramo y llenar ese jarrón que siempre está vació.


Yo las he colocado por toda mi casa y en todas sus variantes.

En la cocina.

En la biblioteca.

En mi habitación.

En la mesa.

Puestos a tirar del plástico, he ido un paso más allá. ¡Tenemos mascota!


No hace falta cambiarle el agua, ni darle de comer, sólo cuerda de vez en cuando. Y decora un montón mi súper acuario.



Como siempre, gracias IKEA por todo lo buenos que nos das. Amén.

13 marzo 2014

Lenguaje de oficina.

Los jefes, compañeros de trabajo, clientes… son esa gente con la que pasas una gran parte de tu vida y que, sin embargo, no has elegido para que formen parte de ella. Tienes que convivir, enseñar, aprender, dar explicaciones y recibirlas pero no puedes vivir ninguna de esas cosas de manera natural. No puedes ser tú, o debe ser tu versión más light; tu yo laboral.


Hay que ser educado, fino, respetuoso, cordial, amable… aunque el camino no siempre sea fácil. Surgen roces, discusiones, momentos de estrés, nervios, presión y cuesta mantener el tipo para no soltar el improperio procedente. Para una persona malhablada como yo, no soltar ningún taco es un trabajo de lo más tedioso. Si pregunto “¡¿Qué coño haces?!”, exclamo “¡De qué cojones vas!” o digo tranquilamente “No tienes ni puta idea.” necesito grandes dosis de autocontrol.
Pero le voy pillando el tranquillo. Poco a poco y a base de meter la pata, estoy dando con un abanico de frases aptas para el entorno profesional.

De las primearas lecciones aprehendidas es que más vale hacerse el tonto a pasarse de listo. Si aplicamos esta regla a una conversación de oficina sería un “Creo que no me estoy explicando bien…” en vez de “¡¿Pero no me entiendes o qué?!”. Siempre queda mejor que la culpa sea del emisor del mensaje, aunque éste piense que su interlocutor no se empana.
Y cuando realmente te sientas imbécil, disimula. Procura que no se note demasiado que no tienes ni puta idea de lo que te están contando, apunta cual taquígrafa todas las palabras que salgan de la boca de tu jefe. Ya le darás sentido a ese asunto del que jamás en tu vida habías oído hablar… Aquí un “OK. Entiendo. Tomo nota.” es mucho más adecuado que el “¡¿Mande?!” que me corroe las entrañas.

Cuando toca discutir, he encontrado la palabra mágica: “Discrepo.” Me parece elegante, directa, respetuosa y contundente. Perfecta para un intercambio de opiniones laboral. Al de enfrente le costará estar a la altura de semejante derroche de educación y desacuerdo.

También hay que saber desenvolverse cuando sobrevuela un marrón y, lo que es peor, se requiere cabeza de turco. Imprescindible un “No me consta.”, “No he sido informado.” o “No me lo han comunicado.”. Todo muy zen, muy chill-out, justo al revés de lo que sientes.

Fundamental mantener la compostura cuando tienes que explicar cómo hacer algo. El primer error que cometemos es creernos súper didácticos, lo más de la enseñanza, Born to teach. Probablemente, nuestra explicación resulte desordenada, errática, carezca de lo básico y esté plagada de obviedades. Teniendo en consideración todo lo anterior, toca valorar por qué el resultado obtenido difiere ostensiblemente del esperado. A lo mejor nosotros tampoco hemos hecho bien nuestro trabajo y hemos transmitido una birria de mensaje. Trato de sembrarme la duda, para no clavarme grapas en la sien de pura impotencia…

Importante ser humilde. A veces, metemos la pata. Toca reconocerlo, disculparse y apechugar “Es cierto, me he equivocado. Lo lamento, no volverá a suceder.”. Es difícil, a nadie le gusta hacer las cosas mal pero es inevitable, forma parte del aprendizaje.

Y no olvidar jamás ser agradecido –que es de bien nacido-. No cuesta nada ser amable, decir “Muchas gracias.”. En un entorno con tanta tendencia a la hostilidad, una palabra afable y una sonrisa ayudan a sobrellevar la jornada. Y motivan mucho.

10 marzo 2014

Un finde.

Este fin de semana ha sido de los que cunden mucho. Sobre todo para el enano, ha sido una aventura detrás de otra.


Ha dormido en una litera, buceado en la bañera, cenado patatas fritas y trasnochado; jugado con palos, en la casita de madera y peleado contra un tendedero. Ha puesto comida a los pájaros en un comedero colgado de un árbol, visto una fila de orugas, mariposas y cogido flores. Ha ido de excursión, montado en un jeep y comido en un prado con una gorra de sindicalista. Ha conocido a un loro, dos perros y una niña. Se ha subido a un campanario, tocado la campana y avisado a toda la familia que ha subido también. Ha hecho carreras de coches, montado en bicicleta, bajado cuestas sin frenar y sin estamparse, jugado en los columpios, bajado mil veces por el tobogán y aprendido a trepar hasta lo alto de la cabaña. Ha dado vueltas de reconocimiento e investigado todos los sitios nuevos. No ha parado hasta caer rendido.



Él se lo ha pasado en grande y todos hemos disfrutado. Pero menos mal que también los hay aburridos, estoy KO.

06 marzo 2014

El timo de la baja por maternidad.

Después de parir tienes 16 semanas de baja.
Pensamiento del 100% de los jefes, el 99% de compañeros de trabajo (inclusive mujeres y madres) y el 50% de los padres (hasta que se caen del guindo) "¡Qué pasada! ¡Cuatro meses de vacaciones!".



Algunas aclaraciones al respecto:
 - Es un derecho, no un favor. No hay que pedir permiso, ni dar las gracias. Tampoco es un regalo de empresa, ni un premio.
- 16 semanas no son 4 meses, es bastante menos. Lo que ocurre es que tratas de sumar las vacaciones (de todo empleado), la lactancia (otro mínimo derecho), los días de asuntos propios (como tus compañeros) y cualquier cosa que se te ocurra del convenio (de toda la empresa) para que la cifra se incremente un poco. Porque 15 días en la vida de un bebé cuentan mucho. Y para una madre, más.
- Es un periodo muy corto, una mierda, un pestañeo espacio-temporal y estarás de vuelta delante del ordenador.
- No son unas vacaciones. Ni de lejos. Ni de coña. Jamás en tu vida estarás más cansada que durante la baja por maternidad.
- Si alguien puede estar un par de meses en casa por un tirón en la espalda, no sé a qué viene tanto escándalo cuando te acaba de salir una criatura de las entrañas (utilizando un camino harto doloroso).
- Es obvio que les sucede a muchas mujeres. También lo es que todas necesitan un tiempo para recomponerse físicamente (de ahí a ser la de antes, va un mundo. O dos.).
- Que existan madres que se incorporen antes a su puesto de trabajo (como elección o imposición), no nos obliga a las demás a hacer lo mismo. Y no somos vagas, ni hippies, ni veganas militantes de la liga de leche, ni defensoras acérrimas del colecho; simplemente queremos ser mamás de nuestros bebés mientras podamos.
- Podemos ser todo lo anterior y nadie tendría por qué juzgarnos.
- Igual que la gente que va resfriada a la oficina no me profesa admiración, tampoco lo hacen las mujeres que deciden volver al tajo al mes de parir. Si no les queda más remedio, entonces sí les dejaré mi hombro, eso es una auténtica putada.
- ¿A nadie se le ha ocurrido pensar que los niveles de productividad de una madre deben de estar muy por encima de la media? Si consigues sacar el mismo trabajo con el triple de preocupaciones, la mitad de sueño, el doble de cansancio y en menos tiempo (si tienes reducción de jornada), ¡eres un hacha!
 - Tus prioridades cambian, claro, no tu profesionalidad. Tenemos que llegar a estos niveles de obviedad...
- No hay por qué aguantar caras largas cuando te reincorpores. Te has ido porque has sido madre y ya has vuelto. Así es la vida, hace falta que nos reproduzcamos para crear futuros afiliados a la Seguridad Social.



No hay nada como tener descendencia para darse cuenta de la realidad que nos rodea. Es parir y ver que las vacaciones están en la oficina, un teléfono sonando es música para tus oídos comparado con un llanto interminable a las 3 de la mañana.

03 marzo 2014

Filosofía carcelaria facilona.

Hay películas que puedo ver mil veces. Es pillarla en la televisión y dejarla hasta el final, aunque sepa de sobra cómo termina, esté medio empezada o acabando y la viera hace un par de meses. No puedo evitarlo, si la dan, tengo que verla.


La última repetición ha sido Cadena Perpetua. Es la que encabeza mi lista de reposiciones. Me la sé de memoria pero, aún así, estoy deseando que suban a alquitranar el tejado y se beban las cervezas congeladas para sentirse hombres libres (terriblemente cursi, lo sé). Quiero ver otra vez todos los detalles de la fuga, lo listo que es el protagonista y cómo se las ingenia para agenciarse la pasta del pérfido alcaide. Necesito que Las Hermanas sodomitas sufran la venganza por ser tan malos malísimos.

Y además tenemos esas píldoras de filosofía vital, envueltas en consejos de supervivencia carcelaria, que salpican toda la película. Para salir de la mente de dos convictos, están cargadas de sabiduría.

Red Cadena Perpetua

Frase Red Cadena Perpetua

Frase Red Cadena Perpetua

Frase Red Cadena Perpetua




Andy Cadena Perpetua


Frase Andy Cadena Perpetua

Frase Andy Cadena Perpetua

Frase Andy Cadena Perpetua


Así que, por trigésimo novena vez, he vuelto a disfrutar de Tim y Morgan interpretando a dos presos buenos en una cárcel llena de hombres honrados de la que te puedes escapar agujereando la celda con un martillo de gemas y esconder el boquete tras el póster de una tía buena sin que te pillen.
Todo sale bien en esta película, supongo que por eso me encanta.

27 febrero 2014

Cosas de madres.

Nuestras madres son esas señoras que hacen de tu intimidad una discusión de bar. Tus asuntos privados pueden ser abordados en cualquier circunstancia y con la persona que ellas estimen conveniente, independientemente de tu opinión, tu presencia, tu codazo, tu pisotón o tu “¡Mamá! ¡No cuentes eso!”.
Ellas se rigen por otras reglas, unas en la que no impera lógica alguna y, por tanto, no pueden descifrarse. Lo único que sé es que todo comportamiento típico de madre te pillará siempre con la guardia baja y dejará la actuación anterior en un chiste.
Una madre siempre consigue superarse a sí misma.


El siguiente anecdotario recoge algunos momentos estelares de nuestras madres. Todos son reales. Así son ellas.

Tu infancia se rige por el vaivén de sus estados de ánimo, sus caderas, sus hormonas o vaya usted a saber qué. No existe correlación ninguna entre tu acción y su reacción. Te pegas un castañazo, se enfada contigo. Te pillas los dedos con la puerta, te pega un berrido. Se te cae la bola de fresa al salir por la puerta de la heladería, sopapo por despistada. Y, el tope gama de la inconsistencia maternal, una madre ayudándote a hacer chuletas de los ríos del mundo, que no te atrevas a sacarlas en el examen, se lo cuentes y te ganes el pedazo de bronca.

La complicidad entre una madre y su hija cuando empiezan a gustarte los chicos no tiene precio. Ese día en el que te atreves a compartir con ella que te gusta un chico, os lo cruzáis por la calle y ella suelta “Hija, verdaderamente el hombre desciende del mono…”.

Sus reacciones ante tu embarazo son de lo más inesperadas. Desde el enfado de una futura abuela porque no le gusta que sus hijas se queden embarazadas y ninguna se atreva a comentárselo hasta la bronca por el sexo del nieto “¡Es niño! ¡Menuda putada me has hecho!”.

Puede ser que, obviando vuestro pasado común, decidas hacer caso a sus recomendaciones de estética. Y utilices durante meses ese serum estupendo que te deja la cara tersa y la piel de melocotón. Pero resulta que era para el pelo y la suavidad puede ser por la nueva pelusilla que te cubre el rostro…

Las madres y la tecnología son un expediente X; una combinación entre el dominio del medio y la más absoluta ignorancia. Tienen grupos de Whatsapp, envían fotos y vídeos sin parar, no se despegan del teléfono pero no saben encender el PC de casa, mandar un e-mail o poner un DVD.
Esto da lugar a grandísimos momentos del tipo “Hija, no sé qué pasa pero hoy no me funciona el LSD.” o “No puedo abrir el documento que me has mandado. ¿No lo habrás hecho pequeño? Envíamelo en grande para que lo vea normal.

Ahora nos toca abordar la regresión de nuestras madres y lidiar con su adolescencia. Se abren su cuenta de Facebook. Se pintan las uñas de colores flúor. Se ponen brackets. Se prejubilan, se apuntan a cursos, las nombran delegadas, les gustan 2 ó 3 de clase, se pasan el día con los apuntes bajo el brazo…



Las madres son seres impredecibles. Las queremos muchísimo, las adoramos, pero ahora están tecnológicamente armadas y menopáusicas. ¡Que Dios nos pille confesadas (si es que hay algo que no sepa)!